Los ilusos y las ilusiones: extraños síndromes del tiempo
"Los ilusos" la película de Jonás Trueba son de esas películas que dan ganas de escribir, quizá porque a medida que sus personajes deambulan (en hermoso celuloide blanco y negro) uno va recordando algunos libros, algunos autores. Yo me acordé de César Aira y el comienzo de Una novela china que dice algo así como que las historias se olvidan pero no la vida que ha sido rozada por ellas. También me acordé de Roberto Bolaño y los poetas sin obra que pululan por sus libros, unos irredentos ilusos latinoamericanos que encajan perfectamente en ese entretiempo (a ratos sonámbulo, a ratos voluptuoso) que imagina Jonás para los personajes de su película y también para los personajes de su libro Las ilusiones. Escribe Jonás: "Perdidos en la noche, los ilusos hablan de cualquier cosa que les haya sucedido, pero saben que van a la deriva y no les importa, empiezan a asumirlo (...)". En esa deriva, me parece que tanto en la película como en la novela, los ilusos oscilan entre la perseverancia y el vagabundeo, la obstinación y la ligereza, lo apasionado y la indolencia. Y esa oscilación termina por destilar un poderoso, pero nada enfático aroma: el aroma del romanticismo. (Un poco como pasaba también en su primera película: Todas las canciones hablan de mí).
Creo que en el cine de Jonás late una especie de pasión mitóloga: las películas que ama, las imágenes que ha visto, lo que le ha apasionado o conmovido, no se acaban nunca, siguen sucediendo, siguen contándose, una y otra vez, como se cuentan las leyendas del mito. En cierta forma es como el Madrid que aparece en Los ilusos: nocturno, noctámbulo, subterráneo, en blanco y negro, con pasadizos secretos, salas de cines en peligro de extinción, comida china en los bajos de la Plaza de España, bares y borracheras, actrices extranjeras en paro, directores en fuga. También tejados y plazas panorámicas, por donde vemos cruzar a los ilusos: los vemos de lejos, desde arriba, puntitos a lo lejos, bichos raros debajo de un microscopio. Es decir, el Madrid de Los ilusos es un Madrid legendario. Un Madrid que también, para mí, es una memoria personal, aunque desconfío del fetichismo de lo cercano, prefiero referir la emoción de Los ilusos a la memoria de la propia película, al deambular entre amigos que juegan, escuchan canciones melancólicas, a sus citas literarias y cinéfilas: la nouvelle vague, claro, pero también el cine coreano de Hong Sangsoo y sus personajes alcohólicos, sin ancla y a la deriva, o el diario filmado de su tocayo extranjero y mucho más viejo Jonás Meka.
Cuando se presentó el libro Las ilusiones, su editor de Periférica dijo algo así como que era una novela por derecho propio, autónoma de la película. Es verdad. Pero, leer Las ilusiones con las imágenes de Los ilusos en la recámara, no empobrece la novela, más bien, al revés, creo que la enriquece y mucho. Los dos, película y libro, nos inoculan su particular veneno, nos convertimos al verla y al leerlo, en ilusos, nos dejamos contagiar alegremente, y cultivamos, cada uno como puede, la propia ilusión.
viernes, 7 de junio de 2013
viernes, 13 de julio de 2012
Llamar al portón del tiempo perdido…Adiós a la casa de
Cuesta Blanca
Un amigo me decía hace años que la vida es una especie de
azar conjurado. El mismo día que encontré las fotos de la despedida familiar de
la casa de Cuesta Blanca (Córdoba, Argentina), leí, más tarde, un artículo de
mi escritor favorito http://www.blogenriquevilamatas.com/por-el-dolor-de-llamar/
sobre el dolor de llamar al portón del tiempo perdido y ver que nadie responde, cuando se pone a recordar a
un amigo escritor que ya no está.
La casa de Cuesta Blanca se me ha convertido de pronto en
ese amigo muerto, en esas palabras que llegan con retraso, en ese dolor de
llamar y no ser escuchado.
Veo las fotos de esa tarde que parece fría pero clara, como
si el aire y la luz acompañaran, benevolentes, el adiós a la casa de mi madre.
Quizá, como dice Vila-Matas, el tiempo perdido no existe y
la casa que lo habita aún queda en pie, en algún lugar del tiempo, aunque ya
sea otra casa y otro tiempo, y los
recuerdos que la habitan nos sean cada vez más remotos.
Por la noche, el azar siguió conjurando y leyendo (la
literatura, por suerte, nos pone a salvo de lo peor de la nostalgia)
distraídamente el periódico, me encontré con la frase de otro inmenso escritor:
“Ayer no terminará sino mañana y mañana comenzó hace diez mil años” (Faulkner),
o sea, somos el resultado de miles de generaciones, las cosas que nos pasan,
las alegrías y las tristezas, todo viene de hace tanto tiempo, somos el azar y
la determinación de una urdimbre muy antigua. Me gusta pensar que la despedida
de la casa de mi madre quedará así prendida en el tiempo, formando parte de ese
tiempo antiguo que nos forma y nos da carácter, y también el temperamento, los sueños, las frustraciones,
y el dolor de las despedidas.
jueves, 26 de abril de 2012
Sobre "Los visitantes" o la invisibilidad de las raíces
Llegó a mis manos, directo de Córdoba, Argentina, el libro
de relatos de viaje Los visitantes, publicado por Caballo Negro, editora. El
libro se devora y se lee con la misma expectativa y quizá el mismo entusiasmo
con que sus autores viajeros lo escribieron. Hay viajes (relatos) físicos, mentales, viajes como ofrenda
de gratitud, viajes sentimentales, viajes frustrados, dolidos, arrepentidos…y
viajes muy divertidos, desopilantes, como Mi amor nazi de Cucurto, quizá la
crónica menos viajera de todo el libro, aunque suceda en Berlín.
Todo esto, claro está, es muy subjetivo, como en todas las lecturas, y en cualquier caso me gustó mucho la idea del libro, la idea del viaje y su crónica, la escritura como un viaje aún no hollado que se realiza con el corazón, la cabeza y las tripas.
lunes, 2 de abril de 2012
El síndrome Winslet
Cuando se vuelve de un viaje, te puede brotar el síndrome Kate Winslet en Revolucionary Road, la película de Sam Mendes.Es decir, la fantasía del cambio: otro país, otra lengua... Volví de Sicilia hace diez días, Sicilia es una extraña y perfecta mezcla: barroco a lo bestia y una naturaleza no demasiado domesticada (¡y también buena comida!). Podría haber sido un buen destino para el personaje de Winslet, en vez del glamuroso París. Ella quiere cruzar el Altántico, escapar del sueño americano que la ha enclaustrado en un bonito barrio de las afueras, con un marido y dos niñas (¿o era solamente una?). Los que han visto la peli y también leído el libro, dicen que el enfoque sobre la protagonista es radicalmente diferente. Parece ser que el imaginario romántico de la película (cambiar de vida, volver a los lugares donde fuimos felices) no se aviene para nada con el espíritu crítico de la novela, en la que ella, no sólo no es una heroína contra las convenciones burguesas, sino que está directamente desequilibrada. Hace poco leí en el último libro de Elvira Lindo muy señalada esta diferencia de enfoque, y en cierta forma la autora termina culpando a la película de haber inoculado como un virus y vanamente, la ilusión de cambiar de país (y de vida) a un montón de gente ingenua y desinformada. La escritora cuenta de un lector español que le indaga sobre las posibilidades de vivir en New York, porque en su tierra (Andalucía) se estrechan las oportunidades para salir adelante. Lindo le hace desistir de su viaje, con argumentos ciertamente realistas (desastrosa escuela pública, precios de los alquileres, etc.) pero hay algo demasiado severo en la respuesta de la escritora a este lector: los pragmáticos argumentos de Lindo hacen pensar que debemos liquidar esos impulsos inmaduros, alimentados por los imaginarios románticos y desproporcionados de las películas americanas. Y yo pienso que es verdad que el cine lo embellece todo, pero nos permite, al mismo tiempo, dar alas a esos impulsos, como un aliento abstracto, leve, no necesariamente dañino. Me acuerdo ahora de otra película, más antigua, Viaja a Italia (en español se tradujo Te querré siempre, no se si en Argentina se tradujo igual ya que ambos países compiten por las traducciones más cursis de los títulos de películas), en la que un matrimonio a punto de desmoronarse, terminan recuperándose el uno al otro, justo en el último plano, estancados por culpa del caótico tráfico napolitano.
Sí, los viajes tienen algo catártico, no hay duda, aún cuando no lleguen a los extremos del síndrome Winslet, y el cine da, y seguirá dando, miles de imágenes, terribles, bellas, reparadoras, para justificar esa catarsis del viaje.
Cuando se vuelve de un viaje, te puede brotar el síndrome Kate Winslet en Revolucionary Road, la película de Sam Mendes.Es decir, la fantasía del cambio: otro país, otra lengua... Volví de Sicilia hace diez días, Sicilia es una extraña y perfecta mezcla: barroco a lo bestia y una naturaleza no demasiado domesticada (¡y también buena comida!). Podría haber sido un buen destino para el personaje de Winslet, en vez del glamuroso París. Ella quiere cruzar el Altántico, escapar del sueño americano que la ha enclaustrado en un bonito barrio de las afueras, con un marido y dos niñas (¿o era solamente una?). Los que han visto la peli y también leído el libro, dicen que el enfoque sobre la protagonista es radicalmente diferente. Parece ser que el imaginario romántico de la película (cambiar de vida, volver a los lugares donde fuimos felices) no se aviene para nada con el espíritu crítico de la novela, en la que ella, no sólo no es una heroína contra las convenciones burguesas, sino que está directamente desequilibrada. Hace poco leí en el último libro de Elvira Lindo muy señalada esta diferencia de enfoque, y en cierta forma la autora termina culpando a la película de haber inoculado como un virus y vanamente, la ilusión de cambiar de país (y de vida) a un montón de gente ingenua y desinformada. La escritora cuenta de un lector español que le indaga sobre las posibilidades de vivir en New York, porque en su tierra (Andalucía) se estrechan las oportunidades para salir adelante. Lindo le hace desistir de su viaje, con argumentos ciertamente realistas (desastrosa escuela pública, precios de los alquileres, etc.) pero hay algo demasiado severo en la respuesta de la escritora a este lector: los pragmáticos argumentos de Lindo hacen pensar que debemos liquidar esos impulsos inmaduros, alimentados por los imaginarios románticos y desproporcionados de las películas americanas. Y yo pienso que es verdad que el cine lo embellece todo, pero nos permite, al mismo tiempo, dar alas a esos impulsos, como un aliento abstracto, leve, no necesariamente dañino. Me acuerdo ahora de otra película, más antigua, Viaja a Italia (en español se tradujo Te querré siempre, no se si en Argentina se tradujo igual ya que ambos países compiten por las traducciones más cursis de los títulos de películas), en la que un matrimonio a punto de desmoronarse, terminan recuperándose el uno al otro, justo en el último plano, estancados por culpa del caótico tráfico napolitano.
Sí, los viajes tienen algo catártico, no hay duda, aún cuando no lleguen a los extremos del síndrome Winslet, y el cine da, y seguirá dando, miles de imágenes, terribles, bellas, reparadoras, para justificar esa catarsis del viaje.
lunes, 12 de marzo de 2012
Escrito a vuelapluma: los ritos son más importante de lo que parecen y, por eso, cuando se cumplen, se notan las ausencias. Hoy me casé en Madrid, rodeada de amigos y una parte de la familia, pero faltaba otra parte. El día amaneció soleado, casi primaveral. Estábamos contentos y comimos mucho, como siempre en las bodas. Los fumadores salíamos a fumar, con la vista del cielo de Madrid, justamente famoso por su azul. "Azul velazqueano" dicen los entendidos. Los ritos también son extraños: en las celebraciones, como la de hoy, uno echa de menos a los que están lejos; en los duelos, como la muerte de los padres, es uno el que está radicalmente ausente, si está irreparablemente lejos. En cierta forma, no haber estado en esas despedidas, vuelve la muerte de los seres queridos un asunto más abstracto. Pero no quería hablar de la muerte. Hoy ha sido un día de celebración. Y quería compartirlo en este breve espacio.
jueves, 16 de febrero de 2012
Almendra y las Malvinas
La muchacha ojos de papel, pequeños pies, fue la banda sonora de mi adolescencia. Resulta raro que esa melodía melancólica encajara con los primeros y turbulentos años setenta. De hecho, fue cruzada o copada por otras canciones y la banda sonora ya fue otra: los Quilapayún, Mercedes Sola, los Olimareños, y Daniel Viglietti que nos animaba a desalambrar, que la tierra es nuestra, es tuya y de aquél. ¿Hubo quizá algo incompatible entre el espíritu libre, eléctrico y rocanrolero de Spinetta y el espíritu sectario y dogmático de la militancia extra juvenil de aquellos años? Más de una década después llegaría Charlie y sus dinosaurios y los muchachos del barrio que pueden desaparecer. Pero eso ya es otra historia.
Con la muerte de Spinetta leo en muchos blogs recuerdos personales de los años setenta, ochenta y noventa, y resulta evidente que fue la banda sonora de épocas muy diferentes y de más de una generación. En mi memoria personal (subjetiva como todas las memorias personales) era una especie de recuerdo silenciado. Y en la memoria colectiva que brota en muchos artículos que leo estos días, Spinetta era o es un recuerdo encendido, vivo, compartido.
Justamente, el tema de la memoria colectiva está hoy muy traído y llevado a propósito de otro tema: la disputa por las Malvinas. Primeras planas de los periódicos y un insólito consenso. Parece que el patrioterismo no tiene fronteras K o anti K y todos esperan réditos de agitar esa bandera fraudulenta. Como sino hubiese sido suficiente con una estúpida guerra, parece que ahora todos quieren montar otra.
Si con la muerte de Spinetta brota una memoria lúcida, con el retorno del fantasma de las Malvinas vuelve una memoria ominosa: ¿vamos a retroceder al delirio sanguinario del 82? En estos tiempos de crisis del euro, me imagino a Cristina y a Cameron en el último G20, poniéndose de acuerdo para soltar el toro de la patria y aliviar presión frente al tándem diabólico USA/ Euro...esperemos que la cosa no pase de la pura fantochada.
La muchacha ojos de papel, pequeños pies, fue la banda sonora de mi adolescencia. Resulta raro que esa melodía melancólica encajara con los primeros y turbulentos años setenta. De hecho, fue cruzada o copada por otras canciones y la banda sonora ya fue otra: los Quilapayún, Mercedes Sola, los Olimareños, y Daniel Viglietti que nos animaba a desalambrar, que la tierra es nuestra, es tuya y de aquél. ¿Hubo quizá algo incompatible entre el espíritu libre, eléctrico y rocanrolero de Spinetta y el espíritu sectario y dogmático de la militancia extra juvenil de aquellos años? Más de una década después llegaría Charlie y sus dinosaurios y los muchachos del barrio que pueden desaparecer. Pero eso ya es otra historia.
Con la muerte de Spinetta leo en muchos blogs recuerdos personales de los años setenta, ochenta y noventa, y resulta evidente que fue la banda sonora de épocas muy diferentes y de más de una generación. En mi memoria personal (subjetiva como todas las memorias personales) era una especie de recuerdo silenciado. Y en la memoria colectiva que brota en muchos artículos que leo estos días, Spinetta era o es un recuerdo encendido, vivo, compartido.
Justamente, el tema de la memoria colectiva está hoy muy traído y llevado a propósito de otro tema: la disputa por las Malvinas. Primeras planas de los periódicos y un insólito consenso. Parece que el patrioterismo no tiene fronteras K o anti K y todos esperan réditos de agitar esa bandera fraudulenta. Como sino hubiese sido suficiente con una estúpida guerra, parece que ahora todos quieren montar otra.
Si con la muerte de Spinetta brota una memoria lúcida, con el retorno del fantasma de las Malvinas vuelve una memoria ominosa: ¿vamos a retroceder al delirio sanguinario del 82? En estos tiempos de crisis del euro, me imagino a Cristina y a Cameron en el último G20, poniéndose de acuerdo para soltar el toro de la patria y aliviar presión frente al tándem diabólico USA/ Euro...esperemos que la cosa no pase de la pura fantochada.
lunes, 6 de febrero de 2012
Rodrigo García se empeña en hacer películas sensibles, cursis, dramáticas y con mujeres. Parece que quiere a sus personajes hasta que la caga y las mata o las maltrata. En Madres e Hijas, Naomí Watts muere en el parto por cabezonería, impensable en un personaje que hasta ahí se portaba de una manera inteligente. En Albert Nobbs (no se si está bien escrito), el personaje que interpreta Glenn Close y protagonista de la película, es rematadamente tonta cuando se comporta como el enamorado de una de las camareras del hotel donde ambos trabajan. Hacerse pasar por hombre era una forma de supervivencia, y ella lo ha conseguido durante años, pero lo logrado como hombre no sabe como defenderlo como mujer. Será por eso que la interpretación de la actriz, que la han nominado al Oscar, me pareció plana y aburrida, sobretodo al lado de la otra mujer disfrazada de hombre de la película y que hace de pintor de brocha gorda. Además los personajes están encerrados en planos medios que no les dejan respirar ni moverse libremente, salvo dos breves instantes de felicidad cinéfila: la cena en casa del pintor, y la escena en el mar de los dos trasvestidos, vestidos de mujer.
Lo extraño es que el hijo de García Márquez da el pego con sus pelis sensibles y femeninas, aunque esta última al menos no es tan manipuladora y sensiblera como Madres e hijas. Por eso encuentro extraño que amigos entusiastas profanos del cine como yo, se hayan fascinado con esas madres e hijas, y sin embargo, no hayan podido entrar en el encantamiento del maravilloso cuento de hadas llamado El Havre de Aki Kaurismaki.
Continuará...
Lo extraño es que el hijo de García Márquez da el pego con sus pelis sensibles y femeninas, aunque esta última al menos no es tan manipuladora y sensiblera como Madres e hijas. Por eso encuentro extraño que amigos entusiastas profanos del cine como yo, se hayan fascinado con esas madres e hijas, y sin embargo, no hayan podido entrar en el encantamiento del maravilloso cuento de hadas llamado El Havre de Aki Kaurismaki.
Continuará...
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